Los chicos siguieron hablando como antes de la llegada
de él y todo estaba bajo control, excepto los nervios de los dos
enamorados. Él se sentó al lado de ella y no cruzaron palabra alguna. Se
miraron fijamente y en silencio, mientras se seguían oyendo las
conversaciones sobre juegos de lucha de
fondo de Antonio y Rafael
A ella poco le faltaba para darle un ataque al
corazón.
El empezó a tocarle la pierna a ella, a jugar con
sus calcetines que sobresalían de las mayas y a acariciarle los tobillos con
delicadeza. Le daba pequeños e insignificantes toques en las rodillas y se
volvían a cruzar las miradas. Cada vez estaban más cerca el uno del otro...
Sus frentes se juntaron y en ese momento los dos
dejaron sus sentimientos al cargo de sus corazones. Los labios de cada uno se
rozaron con ternura e hicieron ese momento el más eterno y apasionante de sus
vidas.
Ella percibió la mano de él acariciando su cara y
seguidamente su cuello y al fin, dejaron sus sentimientos desnudos a la merced
de la pasión y del tiempo.
Ambos separaron sus caras y se les escapó una sonrisa
de oreja a oreja. Era la felicidad.
El transcurso de la noche la pasaron cogidos de la
mano y mirandose, riéndo y bajando la mirada en honor a la alegría y a la
timidez. Estaban pletóricos y no había nada ni nadie que haría esa noche mala y
desagradable.
Ya eran las 21:00 y ella debía de irse a sacar de
paseo a las perras. Finalmente se despidió de todos y se fue...con él.
Los dos estaban callados y mirando al suelo,
completamente en silencio hasta que sus manos
se rozaron y no dejaron escapar tal oportunidad. Ambos se cogieron de la
mano y siguieron rumbo a la casa de ella.
Tenían la suerte de vivir muy cerca. Les separaba sólo
dos míseras callejuelas.
Llegaron por fin al portal de ella y entablaron una
breve conversación. No faltó el "te quiero" que se iba a convertir en
ese mismo momento en la última frase que se dirían a lo largo del año.
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